Hechos 8:13 dice que Simón “creyó” y que se bautizó. Por eso algunos piensan que fue un creyente que después perdió su salvación. Pero si leemos todo el pasaje con calma, lo más probable es otra cosa: Simón nunca nació de nuevo.
Primero, “creer” no siempre significa creer para salvación. En Juan 2:23-25, muchos creyeron en Jesús cuando vieron las señales que hacía. Pero Jesús no confiaba en ellos, y el texto usa la misma palabra para las dos cosas. En Lucas 8:13, la semilla que cae en la piedra “cree por un tiempo”, pero se seca porque no tiene raíz. Así que la sola palabra “creyó” no prueba que Simón fue salvo.
Segundo, mira qué fue lo que lo impresionó. Antes de que llegara Felipe, Simón era el que asombraba a todos con su magia. Cuando Felipe llega, Simón es el que queda asombrado al ver las señales y los grandes milagros (v. 13). Su fe está pegada a los milagros, igual que la de aquellos en Juan 2.
Tercero, mira lo que pide. Cuando Simón ve que el Espíritu se da por las manos de los apóstoles, les ofrece dinero para tener ese mismo poder (vv. 18-19). No pide perdón. No habla de Cristo. Pide poder, y trata el don de Dios como algo que se compra.
Cuarto, y lo más importante, escucha el diagnóstico de Pedro. Pedro le dice que su dinero perezca con él, que no tiene parte en este asunto, que su corazón no es recto delante de Dios (vv. 20-21), y que lo ve en hiel de amargura y en prisión de maldad (v. 23). Fíjate en algo: Pedro nunca dice “perdiste algo”. Dice “no tienes”, “no es recto”, “estás”. Está describiendo la condición de Simón en ese momento, no una pérdida. Es el retrato de un hombre que sigue atado, no de un creyente que tropezó.
Quinto, mira cómo termina. Pedro lo llama a arrepentirse (v. 22), el mismo llamado que se hace a las personas que todavía no son salvas (Hechos 2:38; 3:19). Y tal parece que Simón no se arrepiente. Pide que oren por él para que no le caiga nada de lo que Pedro dijo (v. 24). Le preocupa el castigo, no su pecado. El texto no muestra una señal de arrepentimiento.
En resumen, Simón dijo que creía, se bautizó y siguió a Felipe. Pero debo concluir que su corazón nunca cambió. Un hombre así no perdió la salvación. Lo más probable es que nunca la tuvo. Y eso encaja con lo que Jesús dijo de los suyos: nadie los arrebatará de su mano (Juan 10:28-29).