La necesidad de controlarlo todo: lo que hay detrás de la ansiedad

Hay momentos en que la vida se rompe de golpe. Una enfermedad, la pérdida de alguien querido, una crisis en la familia. En una situación así, la ansiedad lo llena todo. La persona no duerme, no puede pensar en otra cosa y busca con desesperación algo que pueda hacer para que el dolor se detenga o para que no llegue algo peor.

Sentir miedo en medio del sufrimiento no es pecado ni falta de fe. Pero ese deseo de hacer algo, de asegurar algo, tiene un lado que ser mirado con honestidad: la necesidad de controlar.

Esa necesidad no aparece solo en las tragedias. También se ve en lo pequeño. Hay personas que revisan la puerta dos veces antes de dormir. Otras repasan una conversación durante horas para encontrar lo que dijeron mal. Otras planean cada detalle de un viaje o del futuro de sus hijos, y aun así no logran descansar.

Quien vive así suele pensar que solo es ser responsable. Pero hay una señal que lo delata: aún cuando todo está en orden, no tiene calma. Siempre queda algo pendiente que le molesta.

Lo que hay debajo del control

Querer controlar no es lo mismo que ser ordenado. Organizar la agenda, ahorrar dinero o cuidar la salud son decisiones sanas. El problema comienza cuando uno cree que, si hace todo bien, nada malo puede pasar.

Detrás de esa creencia casi siempre hay miedo. Miedo a perder algo, a quedar mal, a que alguien salga lastimado. El control se vuelve un intento de calmar ese miedo.

Sin embargo, el resultado suele ser el contrario. Cada sospecha confirma de que había algo que revisar. La mente aprende que solo está a salvo mientras vigila, y por eso no se detiene. Quien busca seguridad total termina más inquieto, porque la seguridad total no existe.

Un hombre que quiso manejar algo más grande

El libro de Hechos cuenta la historia de Simón, un hombre muy conocido en Samaria. Practicaba la magia y la gente lo seguía. Cuando vio que los apóstoles imponían las manos y las personas recibían el Espíritu Santo, quiso ese poder para sí mismo. Le ofreció dinero a Pedro y le dijo: "Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo" (Hechos 8:19).

Simón no era un hombre ansioso en el sentido que hoy damos a esa palabra. Y no todo el que lucha con la ansiedad hace lo que él hizo. La comparación no es entre personas, sino entre maneras de pensar. Simón estaba acostumbrado a que el poder funcionara como una técnica: si se hacía lo que se debía hacer, se obtenía el resultado. Quiso aplicar esa lógica a lo que solo Dios da.

Nosotros hacemos algo parecido, aunque no ofrezcamos dinero. Nuestro pago son los rituales: la preparación excesiva, la revisión constante, la vigilancia de cada detalle, la frase exacta que hay que decir para que nadie se moleste. Pagamos con esfuerzo y con desvelo, con la esperanza de comprar certeza.

Pedro respondió con firmeza: "Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero" (Hechos 8:20). El error de Simón no fue desear algo bueno. Fue creer que podía poseerlo y dirigirlo. A eso Pedro lo llama un corazón que no es recto delante de Dios (Hechos 8:21).

La respuesta de Pedro

Pedro no le ofrece a Simón un método mejor. Le dice: "Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si querrás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón" (Hechos 8:22). La salida no es otra técnica. Es volver a Dios y pedir con las manos abiertas.

Simón contesta: "Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí" (Hechos 8:24). Incluso allí, lo que más le preocupa es evitar las consecuencias. La Biblia no cuenta cómo terminó su historia, y los comentaristas no coinciden sobre lo que ocurrió con él. Esa falta de cierre enseña algo: soltar el control no es fácil ni inmediato.

Soltar no es lo mismo que rendirse

Jesús habló de este mismo problema: "¿Quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?»"(Mateo 6:27). Hay cosas que ningún esfuerzo alcanza. Años después, Pedro escribió: "Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros" (1 Pedro 5:7).

Aquí hay una trampa. Soltar el control puede convertirse en un método nuevo: si suelto, entonces todo saldrá bien. Eso sigue siendo una fórmula. Dios no promete que nada malo ocurrirá. Promete cuidar de quien confía en él, y eso es distinto.

Qué puedes hacer esta semana

Primero, identifica tu ritual. Pregúntate qué haces cada día para sentir que todo está asegurado. Puede ser revisar el teléfono, repetir un plan o imaginar siempre lo peor.

Segundo, separa lo que te toca de lo que no. Prepararte, trabajar y cuidar de los tuyos te corresponde. El resultado final no. Haz tu parte con esmero y entrega el resto a Dios en oración, con palabras concretas, nombrando la situación exacta.

Tercero, acepta que la incertidumbre no va a desaparecer. Aprender a vivir sin seguridad total es parte de madurar en la fe.

Si la ansiedad es tan intensa que afecta tu sueño, tu trabajo o tus relaciones, buscar un profesional de la salud es una decisión sabia. Pedir ayuda no contradice la fe.

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