Lo que un padre ausente no pudo darte — y lo que sí recibiste sin saberlo

Hay cosas que un padre da sin que nadie lo note. No son grandes discursos ni lecciones formales. Son cosas pequeñas y constantes: alguien que te defiende cuando no puedes defenderte solo, alguien a quien llamar cuando no sabes qué hacer, alguien que dice "yo te creo" cuando nadie más lo dice.

Si creciste sin tu papá — por muerte, por abandono, por distancia emocional — ya sabes lo que es vivir sin eso. No siempre tienes palabras para describirlo. Pero lo sientes. En los momentos donde más necesitabas que alguien estuviera, no había nadie.

Esa herida es real.

José también creció sin su papá

Hay una historia en la Biblia que no suele leerse desde este ángulo, pero vale la pena hacerlo.

José era el hijo favorito de Jacob. Pero a los diecisiete años, sus propios hermanos lo vendieron como esclavo. Desde ese momento, su padre — que lo amaba profundamente — desapareció de su vida. No por elección. Simplemente porque ya no estaba.

Lo que siguió para José fue una cadena de situaciones donde un padre hace falta más que nunca.

Llegó como esclavo a Egipto, extranjero en una cultura que no conocía. No había nadie a quien llamar. Cuando la esposa de su amo lo acusó falsamente de un crimen que no cometió, no hubo nadie que saliera a defenderlo, nadie que dijera "mi hijo no haría eso." Cuando lo metieron a la cárcel — injustamente, completamente solo — nadie fue a abogar por él. Cuando años después fue llamado de repente a pararse frente al faraón de Egipto, entró solo. Sin preparación. Sin un padre que le dijera cómo comportarse ante un rey.

En cada momento donde la presencia de un padre marca la diferencia, José la enfrentó sin esa presencia.

Y sin embargo, algo pasó en esos años que no tiene explicación sencilla.

Lo que no encaja

Cuando José finalmente llega al poder — segundo en mando de todo Egipto — no es el hombre que uno esperaría encontrar. Los años de traición, esclavitud, acusaciones falsas y cárcel no lo convirtieron en alguien amargo, frío o resentido. Todo lo contrario.

Es el personaje de Génesis que más veces llora. Seis veces. No de rabia. De amor, de emoción, de profundidad emocional.

Cuando los hermanos que lo traicionaron llegan a pedirle ayuda, José no los destruye. Los perdona. Los provee. Los cuida.

Eso no es natural. Nadie sale así de lo que José vivió por accidente. Algo lo formó. Algo (alguien) estuvo con él durante cada uno de esos años donde su padre no pudo estar.

Los textos que describen los momentos más difíciles de José usan una frase que se repite: "Jehová estaba con José." No lo rescató de la esclavitud. No aclaró su nombre cuando lo acusaron falsamente. No le recordó al copero que lo había olvidado en la cárcel. Simplemente estuvo con él. Presente. En silencio. Sin dar explicaciones.

Y en ese silencio, algo fue formado.

El silencio que se confunde con abandono

Esto es lo más difícil de decir, y también lo más importante.

Si creciste sin tu papá, es probable que hayas interpretado ese silencio — el de Dios, el de la vida — como abandono. Como si nadie estuviera viendo lo que vivías. Como si lo que te faltó no le importara a nadie.

Pero la historia de José sugiere algo diferente: que hay un tipo de silencio que no es vacío. Que hay una presencia que acompaña sin intervenir, que forma sin explicar, que está aunque no se anuncie.

No estoy diciendo que todo lo que sufriste tenía que pasar. No estoy diciendo que la ausencia de tu papá estaba bien. Estaba mal. Te faltó algo real.

Lo que sí estoy diciendo es esto: ese silencio que viviste puede haber sido muy distinto a lo que crees. No necesariamente el silencio de alguien que no ve. Sino el silencio de alguien que estuvo ahí todo el tiempo, formándote en los años donde más solo te sentiste.

No tienes que estar en paz con todo esto todavía

José, al final de su historia, pudo mirar atrás y decir: "Dios me envió aquí." Pudo ver el propósito en todo lo que vivió. Pero eso fue al final. No en la cárcel. No cuando el copero lo olvidó. No cuando entró solo al palacio de faraón.

Si todavía estás en el medio de tu historia — si la herida sigue abierta, si el enojo todavía está ahí, si no puedes decir "todo pasa por algo" porque sientes que eso sería mentirte a ti mismo — no tienes que fingir que estás donde no estás.

Puedes quedarte en Génesis 39: "Jehová estaba con José." Sin más. Sin entender el porqué. Sin resolución todavía.

Solo esto: no estás solo. Aunque sentiste que sí.

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