Una reflexión sobre el miedo al conflicto

La mayoría de las personas prefieren no meterse en problemas. Es más fácil quedarse callado en nombre de “mantener la paz” o “no ser conflictivo”. Suena bien. Pero muchas veces lo que se está protegiendo no es la paz, sino comodidad.

No estoy hablando sobre problemas dentro de la iglesia. Pasa en familias, en los equipos de trabajo, entre amigos. Vemos abusos, mentiras, actitudes dañinas, pero nos hacemos que no vemos. No porque no nos importe, sino porque confrontar da miedo. 

Callarse no siempre es paz

Hay una diferencia entre tener paz y simplemente evitar el conflicto. La paz real viene de resolver lo que está mal. Evitar el conflicto solo pospone el problema, y casi siempre lo deja crecer. 

Un padre que no corrige a su hijo no está siendo más amoroso, solo está evitando una conversación incómoda. Un jefe que ve un mal comportamiento en su equipo no está siendo paciente, sino está dejando normalizar un comportamiento. Un amigo que nunca dice, “eso que hiciste no estuvo bien” no está siendo leal, está siendo cómodo. 

La firmeza no es lo opuesto al amor. Es saber decirlo cuando hay que decirlo. 

Tampoco se trata de buscar pelea

Esto no significa que se tiene que volver una persona conflictiva o que discutir sea señal de madurez. Al contrario. Se trata de no huir de lo que me corresponde enfrentar. Pero enfrentar correctamente requiere estabilidad emocional. 

Evitar la confrontación necesaria, uno se protege a sí mismo de la incomodidad. Pero también deja sin protección a quienes podrían salir dañado dañados si el problema sigue sin resolverse. 

La base bíblica

Pablo escribe una carta a un joven pastor, Tito, y en ella incluye una instrucción que hoy suena fuerte: identificar y confrontar a quienes estaban dañando a familias dentro de la comunidad de la fe. Pablo no le pide esto porque disfrute del conflicto, sino porque quedarse callado tenía un costo más alto: más personas terminarían dañadas.

La lógica es la misma para hoy. Cualquier persona que tiene alguna forma de responsabilidad sobre otros — un padre, un líder de equipo, un maestro, un amigo cercano — enfrenta la misma decisión: ¿evito la incomodidad o protejo a quien depende de mí actuando a tiempo? 

La verdadera prueba de madurez

Nadie disfruta confrontar. Yo no disfruto confrontar. Y existe una diferencia entre alguien que confronta con dureza y alguien que sabe ser firme sin dejar de ser justo. Esa firmeza — sin ser cruel — es lo que realmente protege a las personas, no el silencio que se disfraza de paciencia. 

Pregúntate: ¿a quién estoy protegiendo si me quedo callado? Puede que la respuesta sea, simplemente, a ti mismo.

Siguiente
Siguiente

Ser llamado y estar preparado: dos cosas diferentes